sábado, 29 de julio de 2017

"La España vacía. Viaje por un país que nunca fue" (Sergio Del Molino)


Reseña del ensayo del periodista y escritor, o viceversa, Sergio del Molino (Madrid, 1979), publicado en abril de 2016 por la editorial Turner Noema. Una obra que ha obtenido un gran éxito de público (van tres ediciones y nueve reimpresiones hasta marzo de 2017) y ha sido muy alabada por la crítica (Andrés Barba, El Cultural) e incluso por alguno de los más reconocidos escritores españoles contemporáneos (Muñoz Molina, Babelia).

  • El camino hacia el libro
Hace ya unos cuantos años di por casualidad con un blog, entretenido y bien escrito, que publicaba un chico joven, ya por entonces algo más que yo 😊, que vivía en Zaragoza, cosa más bien rara entre quienes logran notoriedad profesional. Para los que pudieran no saberlo, la capital de Aragón es, sin duda, una ciudad de considerables dimensiones —su población se acerca a los 700 mil habitantes. Pero parece exigirles a quienes quieren “hacer carrera de verdad”, tal vez de forma más imperiosa que otras de su rango de tamaño, que elijan entre irse a vivir a Madrid o Barcelona. Igual tiene algo que ver que Zaragoza se encuentre en el camino que une ambas ciudades y casi a la mitad. 

Aquel "chico" —se trataba obviamente de Sergio del Molino, que parecía tener bastantes más lectores de lo habitual en un blog personal de quien no era propiamente famoso, escribía también en el periódico “el Heraldo de Aragón”, hacía algún pinito, creo, en la televisión aragonesa y me parece recordar que por entonces empezaba a escribir libros, principalmente ficción. Había, o empezó más o menos por entonces, también una historia personal triste detrás, la de un hijo pequeño gravemente enfermo, al que llevaron para un tratamiento médico a Barcelona. Luego le perdí la pista a Sergio del Molino, pero aparecía aquí y allá en la prensa, principalmente por reseñas y alguna entrevista a raíz de los libros que iba publicando. Al fin compré uno de ellos, y aquí me tienen, recién llegado para contarles lo que me he parecido.

Sergio del Molino
(fotografía de autor y fuente desconocidos)
  • ¿De qué trata la España vacía? 
A pesar de que he terminado muy recientemente su lectura, aunque medió una parada de un par de semanas, no tengo nada clara la respuesta a esta cuestión. Es probable que parte de la culpa sea mía y de la citada pausa, ya que se queda uno bastante mejor con lo leído del tirón. Pero otra parte creo que, para bien o para mal, es atribuible a la propia obra.

Recurro a la consulta de los títulos de los capítulos, pero, dada su originalidad, resulta inútil como ayuda. Estos van desde “la historia del tenedor” a “una patria imaginaria”, pasando por “la ciencia del aburrimiento” o “la belleza de Maritornes”. En cómo ha nombrado Del Molino a cada una de las tres partes en que ha dividido “la España vacía” sí se encuentra una mejor guía, un refresco para la memoria: “el Gran Trauma”, “Los mitos de la España vacía” y “El orgullo”. 

El ensayo parte de una realidad muy singular de España y a la que se ha prestado escasísima atención: España es un país muy despoblado por comparación con los de su entorno y aún más allá, en el que se pueden recorrer largas distancias sin pasar por ninguna población, pasar mucho tiempo del viaje sin ver siquiera un pueblo en lontananza. Vastas porciones del territorio están despobladas y al poco de abandonar las grandes ciudades se encuentra el viajero, de forma abrupta, ante el paisaje deshabitado. 

El gran trauma, título de la primera parte, hace referencia al ingente movimiento migratorio del campo a la ciudad que se produjo en España entre 1955 y 1975, aproximadamente, si bien se inició bastante antes y ha continuado después, pero de forma más lenta o paulatina. El gran éxodo, el abandono precipitado de miles de pueblos —muy principalmente de los situados en lo que el ensayo llama la España interior y vacía (Castilla y León, Extremadura, Castilla-La Mancha, La Rioja, Aragón, así como las regiones asimilables del interior de Andalucía, Murcia y Levante)— que llevó a millones de personas desde los pueblos en que habían vivido generaciones y generaciones de los suyos a establecerse en la periferia de las grandes ciudades, como Barcelona, Madrid o Bilbao. Una buena parte de España se despobló de forma acelerada y los extrarradios de las grandes ciudades españolas se llenaron, casi de un día para el otro, de barriadas donde la gente se hacinaba en bloques de viviendas construidas a la carrera. Gente que se encontraba, de improviso, ante un trabajo, un entorno y, en suma, una forma de vida completamente nuevas: la ciudad, la gran urbe.

“Los mitos de la España vacía” —la segunda parte— viene a ser la refutación de la inmensa mayor parte de lo que se ha escrito, cantado o dicho de la España vacía a lo largo de varios siglos. En ella se aborda, entre otros temas o aspectos: el crimen de Fago, “la cuestión de las Hurdes”, las misiones pedagógicas y  la figura de Fernando Giner de los Ríos, la estancia del poeta Gustavo Adolfo Bécquer a los pies del Moncayo, el paisaje de la Mancha que ve y narra Cervantes en "El Quijote", la literatura de los viajeros europeos, principalmente, que han visitado España (Antonio Ponz, Théophile Gautier), las visiones esencialistas de Castilla de los andariegos Azorín y Unamuno, la mirada de Machado al mismo paisaje, el mítico presentador de los 40 Principales, el navarro Joaquín Luqui -sí, no desvarío-, el carlismo y su larga influencia; o los falsos tipismos que se ofrecen al turista, incluido el español o principalmente a éste, que busca en muchos pueblos del interior un pasado idílico, entre lo colectivo y lo personal, un pasado que, por supuesto, nunca existió. De ahí, el segundo título del ensayo: “Viaje por un país que nunca fue”.

El Orgullo”, la tercera parte, viene a ser un alegato generacional alusivo a la hasta cierto punto reciente actitud con que se ha pasado a sentir el pasado rural cercano de padres o abuelos, al que siguió la residencia masiva en las periferias de las grandes ciudades, sobre todo Madrid y Barcelona, con abundantes referencias musicales y literarias a todo ello. Simplificando mucho, el tránsito de un cierto complejo o sentimiento de inferioridad frente al urbanita de varias generaciones y habitante del centro de las ciudades, al orgullo por un pasado de pueblo y residencia en los municipios del cinturón o periferia de la gran ciudad, todo ello mezclado con la cuestión de las clases sociales y la evolución en el trato entre las mismas.

Ante la dificultad de entrar en la interpretación que realiza Del Molino de la infinidad de hechos históricos y demográficos, de personas y personajes, principalmente literatos junto con algunos músicos, y de tantas otras cuestiones como aborda el libro, me serviré del siguiente esquema binario. Seguro que hace las delicias de los amantes de las presentaciones en PowerPoint, lo que no parece ser el caso de Sergio del Molino, ni tampoco es el mío.

(Fuente: Webquest Creator 2)

·       Qué me ha gustado de "la España vacía"

Aborda algunas cuestiones huérfanas de atención editorial desde hace décadas, fuera de la literatura científica y la ficción. Me refiero a la España interior, área semi-deshabitada con enormes espacios en los que no hay núcleo de población alguno, y a la emigración masiva del campo a la ciudad. Un movimiento que en poco más de dos décadas (aproximadamente, 1950-1975) transformó sustancialmente España. Varios millones de personas abandonaron miles de pueblos, dejaron de vivir del campo y se encontraron viviendo una recién estrenada vida urbana (o algo parecido, pues la vida de los "pueblos-extrarradio", algún tiempo llamados "ciudades dormitorio" presentaba sustanciales diferencias con la de la ciudad misma, en especial, la de su centro). Si nos remontamos apenas dos generaciones, el éxodo afecta a la historia familiar y a la identidad de una parte grandísima de la actual población española.

La escritura ágil, vigorosa y bastante elegante de Sergio del Molino, capaz de mantener la atención del lector, quien lo sigue, sometido a cierto encantamiento de la prosa, con frecuencia hacia no se sabe dónde. En cuanto a tono y estilo ha logrado un difícil equilibrio entre un lenguaje llano y directo, y el ocasionalmente más culto y elevado.

Las lecturas numerosas y el esfuerzo de documentación, incluidas numerosas referencias al cine, que hay detrás del ensayo, mezclado con las experiencias personales y familiares directas del propio autor, quien ha vivido y se ha pateado, por deber y placer parte de la geografía de la España interior, .

Sobre la marcha se aprenden, o se refrescan, bastantes datos o conocimientos, algunos de los cuales se quedaron, o los dejamos, en las aulas escolares, y otros nuevos (como las engañosas convenciones de la cartografía).

Sus páginas desprenden una mirada amorosa y mucho sentimiento por las realidades de las que se ocupa y, en especial, por la España semivacía y olvidada, así como por el mundo rural, el campo y sus gentes, tan maltratados por la política y objeto de burlas por muchos urbanitas. Puede que incluso sean los mismos que a la vez idealizan todo lo rural, un paraíso ideal al que hacen viajar a su discreción en el tiempo, un mundo que sólo existe en sus cabezas: sencillamente, un mito.

La visión mesurada del contraste entre el campo y la ciudad, ambas formas de vida con sus pros y sus contras, y también la realidad incontestable de las cifras de una y otra, así como el reducido impacto del fenómeno de los neorrurales.

·       Qué no me ha gustado del libro

La sensación final, como un retrogusto lector, de amalgama o popurrí de temas, algunos de ellos bajo sospecha de arbitrariedad o capricho, a la vez que la cuestión principal era parcialmente abandonada en el camino.

El exceso de referencias musicales, o asimilables, a las que el autor otorga mucha fiabilidad como explicación de la realidad. En particular, el caso de Joaquín Luqui y su insistente asociación, sin justificación alguna con el carlismo, e incluso contraste o comparación con Francisco Tadeo Calomarde, un rústico ministro de Felipe VII.

El extenso tratamiento del carlismo, movimiento e ideología política que presenta un peso probablemente desmedido en la obra, al menos, en proporción a otros movimientos y períodos históricos sobre los que se pasa de puntillas, o directamente no son tratados.

La convicción que va trasluciendo el ensayo, hasta hacerse cristalina hacia el final, en los errores en la mirada e interpretaciones de cuantos le precedieron  en la observación o interpretación de la España vacía —algunas desenfocadas, otras puros desvaríos, y alguna que otra, mentiras o afirmaciones mal intencionadas— frente al conocimiento, bondad y equilibrio logrado por la generación del autor al reflexionar, y hasta sentir, sobre la España vacía y el contraste entre el pueblo y la ciudad.

Del Molino da muestras de tener una enorme fe en el determinismo generacional, y no es menor su creencia en su propia capacidad para conocer y expresar lo que piensa y siente toda su generación (el autor nació en 1979).


·       ¿Conclusión?

¿Es obligado presentar una o varias, o puedo hacer, como el propio ensayo que aquí reseño, quedarme en descripción y opinión, junto con algunas que otras conjeturas interpretativas y el resto que lo haga el lector, si le apetece?

A mi juicio esta segunda opción es totalmente lícita y no es por escurrir el bulto, que conste. La reducida nómina de tesis y la ausencia de conclusiones creo que constituyen un presupuesto o condición previa ineludible para que este ensayo, o lo que fuere, no incurra en dogmatismos y en la emisión constante de opiniones, como tantas veces ocurre. El carácter principalmente enunciativo de “La España vacía” es lo que permite al autor presentar muchos hechos de forma neutral, sin claros sesgos y sin esconder aquellas partes de la foto que no sustentan sus opiniones o juicios, no demasiado numerosos. Para bien o para mal, el autor no es un demógrafo, ni un geógrafo, ni un historiador, ni tampoco un sociólogo, sino un periodista y escritor, y como tal ejerce en este libro. En consecuencia, este ensayo tiene mucho de crónica y menos de tesis o conclusión razonada y justificada, aunque algunas haya a lo largo del recorrido que ha trazado su autor.

En el afán clasificatorio que a menudo nos domina tal vez se abuse de la etiqueta ensayo, y se le cuelgue a toda obra que, no siendo ficción, contenga un número importante de referencias históricas, algunas cifras, numerosos nombres de autores y obras, algo así como lo que Karlos Arguiñano llama “el fundamento” de un plato o guiso. Esto sí es una tesis, o hipótesis al menos, y me ha sacado un poco de la cuestión, lo admito. ¿Pero eso es bueno o malo, es un defecto o una virtud para quien lee esta reseña? Supongo que dependerá de cada cual. 

Pues bien, otro tanto pasa con el ensayo o crónica “La España vacía. Viaje por un país que nunca fue” del madrileño-valenciano-zaragozano, siguiendo su cronología vital, Sergio del Molino. Lo que casi, casi podría asegurar es que, si al potencial lector le gusta de verdad leer, tiene cierta afición por la cultura y la historia, y en particular por saber más de España, el libro no le aburrirá.

viernes, 21 de abril de 2017

La vocación política

©Vergara

"Papá, quiero hacerme político"


—Papá, este septiembre espero acabar ya la carrera y he pensado que me gustaría ser político.

—¿Sí? ¿Eso es lo que quieres hacer?¿Ya se pasó lo de montar un bar de copas y una escuela de kitesurf en Tarifa con tus amigos?

—Eso era una mierda. Mucho trabajo y poca pasta. Y si contratas curritos, te van a robar, fijo. Es imposible llevar un control. Me acabé dando cuenta, ¿sabes? Ahora lo que me gustaría es meterme en política, dedicarme a eso. No por el poder, por tener un cargo o ser conocido, ni tampoco por las oportunidades de enriquecerse y de pasarme luego al mundo de la empresa, como tú.  Lo que me tira, lo que de verdad quiero es participar en los asuntos generales, actuar por el bien común, servir a los ciudadanos y a mi país, contribuir a un futuro mejor, sobre todo para jóvenes, como yo. Y, además, tú conoces a bastante gente.

—¡Coño, hijo, pareces otro! Te lo has preparado, ¿eh? Porque no te había oído hablar así de bien en tu vida. Y, además, veo que tienes potencial porque ni a tu padre le dices la verdad de lo que piensas y quieres.

—¿Qué pasa, es que no convenzo?

—No, tranquilo, no es eso. Es que conozco muy bien cómo va el tema y te conozco a ti, claro. Tienes, eso sí, que introducir algún elemento agresivo en tu discurso, ir también contra alguien, lo que no soportas y nos hundiría a todos si tomamos o seguimos ese camino. Elige enemigo, a los que menos tragues, y probamos a meterte en las filas de los de enfrente, o sea, que te colocaré entre los enemigos de tus enemigos. Y si no funciona bien, pues hacemos al revés. ¿Entiendes?

   Sí creo que he pillado la idea. Los enemigos de mis amigos son mis enemigos

   Sí, en esencia, viene a ser eso. No te preocupes, que ya lo iremos viendo sobre la marcha. Dime, ¿has publicado algo o hablado de política en redes sociales?

—No, qué va, de eso nunca. Todos mis colegas y yo pasamos de política. Bueno, yo ahora ya no.

—¿Y tienes algunas creencias políticas, preferencias o algo así? ¿Derecha, izquierda? ¿Liberal-conservador, reformador-progresista?

—No sé, eso me lo tendría que mirar un poco, ¿vale? Me suena todo, eh, sobre todo lo de gente de derechas y de izquierdas, pero algunas otras cosas que has dicho no las tengo muy claras. Y me da que al final me iba a dar igual, que no sabría bien qué elegir.

—Mejor, eso me lo pone más fácil. Tanteo en los dos lados y dónde más nos ofrezcan, allí que te meto.

—¡Genial, papá! ¿Y si no apruebo Derecho en septiembre?

—Mejor aprueba, pero tampoco te agobies mucho con eso. La licenciatura con 27 años me lo pone un poco más fácil, pero no es fundamental que tengas la carrera terminada. No serías el primero, ni el último. Les venderé tu enseñanza bilingüe. Lo de los idiomas lo llevan bastante mal y eso podría ayudar, les irá bien tener y lucir alguno que sí hable inglés con fluidez y pueda manejarse en francés. Es algo muy objetivo y la calle ya se los toma a coña a cuenta de los idiomas.

—Bueno, digamos que me defiendo en inglés, ¿vale?. En francés… ¡Uf! No creo que pueda mantener una conversación con normalidad. Lo paso fatal hablando con los surfistas franchutes. Se descojonan de mí.

—Vamos a ver. Pero tú qué eres, hijo, ¿tu propio enemigo? Tú hablas un inglés casi tan bueno como el del Príncipe de Gales y tienes, además, un nivel avanzado de francés. Y si tus estudios universitarios se están alargando, muy ligeramente por encima de la media, es por tu intensa dedicación a los deportes de competición y al voluntariado social e internacional. ¿Entendido?

—Sí, sí. Esto lo he pillado perfectamente a la primera, ¿vale? Y tú, papá, sabiendo tanto de política y los mazo contactos que tienes, ¿por qué no te has dedicado a eso?

—Yo prefiero los negocios. Vivir en el anonimato, tratar con unos y con otros, buscar acuerdos, sinergias, ganar voluntades políticas, establecer fórmulas de colaboración, lograr beneficios comunes, favorecer situaciones en las que todos salgamos ganando. A mi manera, como ves, también me ocupo del bien común. Del nuestro, el de la familia, y del de los políticos, sus familias y sus partidos, también.

—¡No sabía que fuera tan guay! Mamá dice que tu trabajo es un coñazo y que lo único que haces es chanchullear, pero así como lo cuentas, me mola. Pero prefiero probar antes en política, me tira más, ¿sabes? Para empezar por lo menos, luego ya se irá viendo. ¿Te mando mi currículum al mail de la empresa?

—¡¿El currículum?! Déjate de ceuves. Esto no va así, alma de cántaro. Se hacen unas llamadas que conducen a otras, se hace alguna visita, se invita a alguna comida, se espera respuesta, se recuerda si es preciso, eligiendo bien el momento. El CV ya se lo darás cuando toque. No te preocupes. Eso es un puro trámite. Ve prestando atención a todos estos detalles, ¡eh!

—Sí, papá, lo que tú digas.


©Vergara

martes, 21 de marzo de 2017

Ayer fui al cine o de cómo Internet (y su parentela) nos ha simplificado la vida

(Foto tomada de cupon.com)

Una de las grandes líneas divisorias de la humanidad es la que sitúa, a uno y otro lado, los escépticos y los crédulos de “los adelantos” -palabra que hoy se traduce como nuevas tecnologías-. Los muy creyentes abominarán de esa formulación, tan antañona. Pero lo cierto es que le cuadra a la perfección, por evitar lo de pintiparado, puesto que le va como anillo al dedo, incluso le sienta como un guante, ya que vuelve el frío. Pintiparado, pobre adjetivo maldito, condenado a un uso residual y de finalidad cómica. La vida puede resultar muy dura. También entre las palabras hay destinos crueles.

Ayer fui al cine. Era lunes, pero fue festivo allí donde moro, vivo, habito o resido, elijan ustedes. “Pues vale” se dirán con toda la razón, así como qué tiene esto que ver con el primer párrafo. Enseguida me pongo a ello, no se impacienten.

Con la tablet mal asentada sobre la cama y tras cambiar de red wifi —la conexión iba lenta y no sé qué demonios pasa últimamente con la selección automática de red— elegimos película. El plural es porque éramos dos, marido y mujer para más señas, los queríamos ir al cine. Hubo que leer algunas sinopsis, ver cinco o seis “trailers”[1] y lograr el no siempre fácil consenso. Esa ni de coña, ni muerta me meto yo ahora una película china entre pecho y espalda. Pues esa otra que dices tú tiene una pinta de bodrio… Esta vez fue relativamente fácil. No hubo heridos, ni menos aún bajas. Igual porque comimos mucho y el aturdimiento digestivo contribuye al acuerdo o el aquietamiento, atenúa exigencias y combatividades.

En consecuencia, me puse con la compra anticipada de las entradas. Para evitar problemas y elegir localidades de nuestro gusto. En eso solemos compartir criterio, quizás sea la fuerza de la costumbre.  En lunes final de puente y siendo una película danesa en VOS no parecía hubiese mucho riesgo de darnos de burces con el “Entradas Agotadas”, pero ya que estábamos, mejor rematar la faena.

¡Qué pereza! Tuve que levantarme del catre a por las tarjetas: la de socio de los cines que está con el lote de las poco habituales (¡eureka, esta vez estaba en su sitio!) y las de crédito y débito, por si acaso. Fui precavido y me llevé la cartera. De paso y por indicación de su madre, les mostré a nuestros hijos el tráiler. Ya que te levantas, prueba, por si acaso quisieran venir con nosotros al cine…. ¿Tú crees? Por probar no se pierde nada. Sobre todo nada pierde el que se queda en la cama, pensé, pero me lo callé. A veces, es mejor no provocar.

El niño —aún le cuadra sin forzar demasiado el concepto— me hizo ponérselo en silencio junto a la pantalla en que jugaba online al FIFA no sé cuántos con la PlayStation 4 (creo). Con un movimiento de cabeza, algo despectivo y del todo inequívoco, rechazó acompañarnos. Tablet en mano, fui al otro dormitorio, donde me tumbé junto a la niña, o la que hasta hace no tanto lo era. Estaba viendo en su móvil, el doble de caro que el mío y siete veces el de su madre, una serie en Netflix. Igual es por tanta conexión que iba lenta la red, ¿no? Y eso que hay tres surcando la casa o partes de ella. Un lío, sin epíteto, que por escrito es de mal tono. Paró la reproducción de la serie, la reinició unos segundos al ver que el tráiler no cargaba de inmediato, la volvió a parar y al minuto de tráiler: papá, da igual lo que me enseñes, no me apetece nada ir al cine. Vale. Me fui de su habitación, tablet en mano y rabo entre las piernas.

Es bonita esta edad en que los hijos van descubriendo el mundo adulto y, por encima de todo, cada uno de los defectos, limitaciones, carencias, desvaríos, necedades, errores contumaces, incapacidad para enterarse y entender, los múltiples aspectos ridículos y el ser molesto, en suma, de esos proveedores cautivos que responden al nombre de padres, torpes como nadie en el uso del Smartphone. Una especie de atávicos paletos sin remedio que jamás están al día sobre lo que es tendencia, ni miden el mundo por el número de likes y reproducciones de una fotografía o un vídeo. De algunos vídeos hasta se enteran por las noticias los muy burros. Y encima hablan raro, con un vocabulario que es a la vez inútilmente extenso y desprovisto de  la gracia de los neologismos. Los pobres ignoran expresiones de lo más básico. ¡¿En serio que no lo habías oído nunca?! ¡Pero si lo dice todo el mundo!

(Foto: Thinkstock.com)

De vuelta en la cama me puse con la compra de dos entradas, solo dos, como ambos sabíamos que sería. Mi mujer desparramaba su sopor, puede que en un lento avance hacia el sueño, abortado por mis gestiones, las cuales iba narrando y consultando, según los casos. La web de los cines, gracias a nuestra renacida afición por el séptimo arte en sala y en VOS, se ha vuelto más dócil. Ahora que la domino, que he penetrado en su lógica interna, me parece injusto haber jurado en arameo contra ella en visitas pasadas.

Redirigido a la plataforma (o como se llamen esas cosas) de compra de entradas, elegimos asiento. El acuerdo en eso se produce con facilidad. Los años de costumbre gregaria, supongo. Cliqué en falso un par de veces por el mal apoyo del dispositivo y deficiente ángulo de mi postura, pero las butaquitas acabaron cambiando de color. Le dimos una vuelta a la grave cuestión, las cambiamos, y finalmente regresamos a la primera selección. Lo siguiente, por suerte ya previsto, me pidieron el número de mi tarjeta de socio (consulta física), el DNI con letra (ese lo llevo puesto siempre en la cabeza y no hubo líos de digítos, ni de “sensibilidad” mayúsculas/minúsculas). Y sin contraseñas, ni gaitas. ¡Qué maravilla!

Luego rellené dos campos de códigos promocionales. Igual me ahorré un euro por entrada. La verdad es que no lo sé, pero cuando uno pierde un descuento se siente imbécil. Por todas partes la gente los caza y algunos, según cuenta, son bicocas dignas de sagaces y hábiles exploradores, comparables al descubrimiento de minas de oro o de diamante, logros sólo al alcance de los más avezados. En Por tanto, lograr un descuento es algo que trasciende de lo material, le sube a uno la autoestima y lo predispone para experimentar la felicidad. Los códigos los tenía en el móvil, en las entradas anteriores, y sin caducar, sólo a punto. Pero eso da igual, como pasa con las ocasiones de gol, ligar o que te toque la Primitiva. Son hechos binarios, no admiten medias tintas, sí o no, dentro, o fuera.

Con una aplicación que me descargué justo para esto, cliqué sobre una “i dentro de un círculo” y bajando, ya me lo sé, encontré la casilla de código promocional. ¡Ojo, no confundir con el localizador! Desplegar esos códigos no es tarea fácil, salvo que estés ocioso y te dé por pulsar la discreta y hasta escondida “i”. Cabe también que en un mal movimiento abras esa pestaña y, ya puestos, todo curiosón desciendas por el papiro de información. El truco, ahora llamado tip, como la pareja de Coll, me lo dio semanas atrás una taquillera-acomodadora-controladora de accesos. Hoy día todo es “multi-tasking”. Era esbelta, joven y atractiva. O a mí me lo resultó, a pesar del poco favorecedor (medio) uniforme. Lo justo para la identificación. Hay que reducir costes. El pantalón que se lo paguen ellos y así os vestís a vuestro gusto, cómodos, aunque recomendamos el color azul o negro. En la oscuridad de la sala donde los títulos de crédito descendían por la pantalla, con su rostro retroiluminado, con nuestros cuerpos y caras casi pegados para compartir la pantalla, sentí algo. Algo así como un dulce adormilamiento, de niño que admira a su maestra y, lo sepa o no, se enamora de ella o de la mujer, en general. Quién sabe, pero hubiera estirado ese tiempo. Me habría tragado un tutorial de media hora sobre mi móvil o lo que fuera.

Freno en seco las ensoñaciones; vuelta a la realidad, a la compra de las entradas. Llegó el momento del pago. En mala hora se me ocurrió preguntar. La seguridad über alles. Tuve que recargar la tarjeta de prepago conectándome con la web de mi banco y usando un código que me enviaron al móvil, después de haber consultado el saldo. Llegar a ese dato también tiene su intríngulis[2], pero gracias a dios en mi banco llevan ya tiempo sin cambiar las cosas de sitio. Un beneficio de la crisis, puede. Temo la recuperación… Aunque avisan de que la recarga puede tardar hasta dos horas (la táctica defensiva, ya se sabe) el saldo estuvo disponible ipso facto. Nueva comprobación refrescando la barra de navegación.

Finalmente, se abrió un abanico de posibilidades en el “esmarfone”. Imprimir las entradas, descargarlas en formato pass o ptk, u otra gaita similar. Las abro con una app que se llama Wallet, creo, y que me bajé justo para esto. Va bien, aunque alguna vez me la ha jugado en la cola de la sala, con el personal haciendo ver su impaciencia. Échese a un lado, por favor, te dice condescendiente con tu torpeza el miembro del staff. Debes descargarte antes las entradas virtuales para que las lea tu app y el lector infrarrojo. Ya lo he pillado. La tercera opción era imprimir las entradas con el localizador en el propio cine. Le hice una foto, prevenido que es uno… Imprimir sus entradas en los kioskos situados el hall de entrada o algo así decía el correo electrónico recibido.

Tanta gracia me hizo lo de los quioscos, puesto que son unas pequeñas máquinas situadas junto a las taquillas, como me parecía recordar, que al llegar allí me dio por imprimirlas. Recordé que el localizador era de seis caracteres al alfanuméricos, como los de los vuelos y desprecié otros dos o tres que aparecían en la entrada en la pantalla, que ya llevaba abierta, por si acaso. Ni siquiera tuve que buscar en la galería la precavida foto del localizador. Pensé en mandársela por WhatsApp, como adjunto, a mi  mujer, pero temí que el cling le hiciera abalanzarse sobre su móvil, perturbando su descanso. Me gusta el papel, qué le voy a hacer. Parece que compro más y luego aparecen en los bolsillos de abrigos o cazadoras, en ocasiones mucho después, con el título de la película, fecha, sesión y demás. Reconforta seguirse uno mismo el rastro, tratar de hacer memoria de aquella película y día. De paso, con las entradas en papel, impresas en un santiamén o pispas en “el Kiosko”, dispongo de un duplicado de los nuevos códigos promocionales.

Con práctica, sin pasos en falso, teniendo a mano Tablet, móvil y las dos tarjetas, en unos diez minutos, tal vez fueron quince entre una cosa y otra, uno se hace con sus entradas. La diminuta sala donde se proyectaba “Land of Mine. Bajo la arena” estaba a media ocupación. Tal vez gracias a las nuevas tecnologías logramos mejores entradas y evitamos una siesta que podría haber frustrado el ir al cine, por problema de horarios o la pereza subsiguiente.



Un gran adelanto poder comprar las entradas de cine por Internet, ¿no? Todo se ha vuelto asombrosamente cómodo y fácil con Internet. ¿Quién se atreve a negarlo? De hecho, es gracias a Internet que yo puedo contar esta batallita y usted leerla, si ha llegado hasta aquí o decide ahora volver arriba. Y ambos, quizás, perder nuestro tiempo en o con la red. Comprendo la lástima de mis hijos por quienes crecimos sin Internet, tablets, ni arcaicos móviles siquiera. Vivíamos medio incomunicados, necesitábamos un artilugio adicional, la cámara de fotos, y aguardar al lento y costoso revelado para lograr una ansiada imagen, buscar una cabina para llamar por teléfono e incluso algunos de entre nosotros encontrábamos placer y entretenimiento en un objeto tan ramplón y lento como es un libro. Un endiablado torrente de palabras que, para colmo, no ofrece otra posibilidad de interacción que nuestro pensamiento. 

¡Albricias, pues! ¡Tenemos Internet para simplificar y expandir nuestras vidas! Esa es otra gran línea divisoria, mayor que la era glacial o la que deslinda la prehistoria de la historia. Al menos ellos están convencidos de que así es, por no decir que lo creen a pies juntillas. Espero que mi hijo valore que más arriba dije cinco o seis, en vez de cerca de media docena. Se la tiene jurada a la unidad de cuenta de los huevos y, a su través, a su padre. Más de una docena de veces, tal vez dos o hasta tres docenas de veces me ha demostrado la criatura que no soporta que diga media docena. Son la generación más preparada y tolerante. Eso tampoco lo discute nadie, que no se lo salta un gitano, vamos.

¿Y qué decir de cuánto ha mejorado la música de los viajes en familia? Ni un minuto de aburrimiento, libres de ese sucedáneo de pasatiempo que era la pacífica y absorta contemplación del paisaje o, peor aún, de tener que conversar. No hace falta recorrerse el dial cada pocos kilómetros para sintonizar emisoras de radio, ni comprar ninguna discutible y cara cassette de gasolinera, ni desparejar los CD (la RAE no resuelve el plural) de sus logradas cajas, prodigio de resistencia. Toda la música de la humanidad, o lo más parecido a ello, al alcance de un dedo. Además, hoy en día sí se discute es por algo útil, con un fin concreto, nada de enredarse en vagas disputas conceptuales, batallas pasadas o cuestiones ajenas. Cada cuál pide, exige, su música en Spotify y el poder sobre el bluetooth. El suplicante conductor depende de la benevolencia ajena para poder oír, al fin, algo de su agrado. El silencio incluso. Benditos sean los adelantos, sobre todo sí se viaja solo, y siempre que no se distraiga uno mucho con la pantalla...






[1] Algún día buscaré la relación entre esos bocaditos de cine y los camiones cargados de flamantes automóviles que amenazan con caer sobre nosotros por carreteras y otros caminos de Dios. Más aún desde que un mejicano me dijera que su cuñado es “trailero”. Ganas me dieron de decirle que el mío se le parece, ya que es trolero profesional, pero me lo callé. Ignoraba de qué humor estaba mi santa y, fuese el que fuera, no me arriesgué a empeorarlo.

[2] ¿No les suena como cunnilingus? Sólo que como si uno estuviera buscando, así en plan inocente y descuidado, como el que no quiere la cosa, otro escondrijo, más recóndito y recoleto. No sé, igual es sólo cosa mía.