martes, 29 de agosto de 2017

"EL PAÍS DEL MIEDO", una novela de Isaac Rosa


Hace ya unos años hablando con Ángeles Maeso —poeta, ocasional novelista y coordinadora entonces de un taller de escritura al que asistí unos pocos meses— salió el nombre de Isaac Rosa. Fue en una de nuestras habituales conversaciones fuera del aula, que para mí eran lo más interesante, aunque tal vez ella estuviera deseando que se acabasen los obstáculos para llegar hasta su coche y poder, al fin, marcharse a casa. Recuerdo que le comenté que, a mi juicio, había algunos temas de los que la ficción literaria apenas se había ocupado, mientras que otros se repetían y repetían, en grado ya muy cansino. Entre los muy trillados, las historias de amor y las guerras. En particular, en el caso español la Guerra Civil. Y entre los menos tratados, a pesar de su gran importancia en la vida de la gente, el  ámbito o tema laboral. Coincidió conmigo en la apreciación y me recomendó, no obstante, una novela que trataba del mundo del trabajo: “La mano invisible” de Isaac Rosa. Tal vez ambos, con algún conflicto laboral no muy lejano en nuestras biografías, éramos especialmente sensibles a ese tema. Pero no éramos, por desgracia, ninguna excepción, con la crisis golpeando duramente el mercado laboral. También me acuerdo de que apostilló que Isaac Rosa era uno de los escritores que más le gustaban entre los jóvenes.

La poeta y profesora María Ángeles Maeso

Y de aquellos polvos vienen estos lodos o, más bien, aquella semilla ha terminado por germinar y dar, no me importa adelantar el juicio, un muy buen fruto. Justo antes de las vacaciones me hice con dos novelas de Isaac Rosa, la ya citada “La mano invisible” (2011) —a la que espero hincarle pronto el diente— y otra más, la que da título a esta entrada: “El país del miedo”. Curiosamente, la primera novela que publicó Isaac Rosa Camacho, allá por 1999, se tituló “La malamemoria” y trataba, ¡otra más!, sobre la Guerra Civil española. De hecho, posteriormente fue reelaborada en “¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!(Seix Barral, 2007), del mismo modo que el nombre de su autor fue reelaborado para lo sucesivo— bueno simplemente acortado— como Isaac Rosa.

La pregunta que me hago ahora es por qué empecé por esta, El país del miedo” (Seix Barral, 2008),  y no por la recomendada, la que trataba del mundo laboral. Esas cosas nunca se tienen claras del todo. Pero creo que fue debido a que me llamó ya la atención su título, leí la contraportada, empecé a leerla, tiró de inmediato de mí río abajo y, siendo además relativamente breve (314 páginas, en la edición que yo he manejado, la primera), ya no me detuve hasta el final. Puede que, como suelo hacer, postergara lo que se espera de mí, lo que yo mismo espero hacer, pero no hago. En todo caso, ha sido sobre todo culpa, quiero decir mérito, de Isaac Rosa porque la novela me ha enganchado, ya desde su intrigante título, complementado con una bella composición de la cubierta, obra de María Antonia Pérez, en la que aparecen Margaret Hamilton, en el Mago de Oz (1939) y su inquietante sombra.

Me ha gustado el tema, el miedo, y no recuerdo ninguna obra de ficción que lo trate con la continuidad y profundidad con que lo ha hecho Isaac Rosa. Por supuesto que el miedo se ha explotado como recurso de la ficción literaria desde varios siglos atrás. Para empezar el miedo es un componente esencial de muchos cuentos infantiles tales como Caperucita roja, Los tres cerditos y el lobo o Juan Sin Miedo, entre muchos otros. Relatos que leen , o les cuentan, los padres a sus hijos y con los que se nos inocularon los primeros miedos. Un miedo que sigue de forma inmediata al más primario y ancestral de todos: el miedo a la oscuridad. Pero el miedo ha constituido de forma habitual el medio, esto es, el recurso o mecanismo y no el tema. Así, en las novelas policíacas, los thrillers o las novelas de terror. Por ejemplo, “Drácula”, de Bram Stoker (1896), o “Dr Jekyll and Mr Hyde”, de Robert Louis Stevenson, (1886). E incluso en narraciones de corte documental, como la célebre “A sangre fría” de Truman Capote (1966). "El país del miedo", por contra, indaga en el repertorio de los miedos contemporáneos, que suman otros nuevos, o más bien reelaboraciones o adaptaciones de los esenciales, clásicos o incluso innatos. Unos miedos que son, a un tiempo, comunes, infundados muchas veces, casi siempre exagerados, y puede que, no obstante, inevitables.

        Retrato de Isaac Rosa, 
        obra de Carlos velasco para Diagonal
El País del Miedo, como dice la contraportada de la novela, es un lugar imaginario, sí; pero no indefinido o lejano, en absoluto. Es un lugar, un paisaje que todo habitante de una ciudad grande, o hasta mediana, de un país algo desarrollado reconocerá. Y su protagonista, apenas definido, es su habitante, junto con su mujer y su hijo, quien también lo habita a conciencia. La narración es una inteligente recopilación de los miedos urbanitas y contemporáneos, de los fundados y los infundados, de todo eso que anida en nuestro fuero interno, pero suele callarse porque casi nadie quiere presentar de sí la imagen medrosa que reflejaría el espejo con una simple enunciación de los miedos que pueblan nuestra mente. La indefinición del personaje, más allá de unos pocos rasgos imprescindibles, permite paradójicamente la mayor identificación de los lectores. Es probable que no sean tantos los lectores que tengan el catálogo completo de los miedos que reúne Carlos, ni los que se dejen influir por ellos tanto como él. Pero me temo —como ven, el miedo cala en el lenguaje mismo— que tampoco serán pocos los que sí los tengan y, más aún, los que en algún momento de sus vidas, o muchos, los han sentido o imaginado. Por la educación recibida, por la experiencia de la vida, por el uso intensivo que la ficción y, en especial, la cinematográfica han hecho del terror, somos adictos a esa emoción en que se enredan, formando un revoltijo inseparable, el rechazo y la atracción.

Nos tapamos la cara y dejamos los dedos entreabiertos, sufrimos disfrutando del miedo, de ese cosquilleo eléctrico, con alguna vaga resonancia de placer sexual, que nos eriza el vello y acelera el corazón. Las sombras nocturnas en la casa vacía que adoptan, a nuestros asustados ojos, la forma de acechantes e intrusas presencias humanas; el aparcamiento subterráneo solitario en el que resuenan , magnificados por el eco, los propios tacones de la mujer que busca la plaza donde aparcó. ¿O se oyen más pasos? Se detiene y comprueba si cesan. La calle oscura en que sentimos detrás los pasos de alguien,  cada vez más próximos. El crujido repentino en la noche de no se sabe qué. Esos estados en que cualquier ruido o presencia inesperada sobresalta a quien ha sido apresado por el miedo y cualquier forma, roce o ruido hace, como decimos gráficamente, que nos dé un vuelco el corazón. O los nervios que nos aturden e incapacitan… El otro conductor al que intuimos por la ventanilla fuerte y violento, un tipo pendenciero, dispuesto y habituado a la bronca y la pelea, al que no sabemos qué decirle para ni dejarnos apabullar, ni provocar una espiral del conflicto que acabe en pelea, en la que nos anticipamos perdedores. Al final, incapacitados por los nervios, por el miedo -para dejarnos por una vez de eufemismos-, nos privamos de afearle su conducta o de replicar a sus expresiones irrespetuosas o insultos. Como hace muy poco me dijo mi hijo estando lejos de la orilla, en aguas cada vez más oscuras: “con el mar todo el mundo habla de respeto, sí.  No es que le tenga miedo al mar, pero sí respeto… ¡Lo que pasa es que están acojonados!”.

Miedo
Fotografía de Andrea Floris
Sin un solo diálogo expreso, aunque naturalmente se narran bastantes conversaciones, valiéndose de un lenguaje cuidado, pero no preciosista, ni rebuscado, con gran eficacia narrativa, Isaac Rosa recurre a un narrador de apariencia muy clásica, en tercera persona, también indefinido y bastante omnisciente. Una voz que por momentos se confunde sin tapujos con el propio escritor, pero que otras se aleja del mismo y se acerca al interior de los personajes. Hay, por supuesto, una historia, una peripecia personal que afecta a un reducido grupo de personajes, en esencia, un padre, un hijo, una madre y un cuñado. Casualmente, en eso tiene algún parecido con “Breaking Bad” así como en el desarrollo de la acción en un entorno con tendencia a resultar inhóspito, un lugar elegido, se diría, de forma arbitraria como asentamiento humano. Un entorno desapacible que desencadena el reflejo de encerrarse en casa, en el hogar, ese reducto de seguridad, calor y confort, reforzando la sensación de miedo al exterior. La historia de fondo de la novela, el hilo conductor cabe decir con mucha razón en este caso, es precisamente un tema muy de moda en los últimos años y que la narración desgrana lentamente, de poco en poco. Volviendo a las metáforas textiles, la peripecia narrativa es un hilo de lana que el narrador va desovillando de forma paulatina y esporádica, por lo que el lector entra en el juego de detectar las pistas e ir conjeturando. No debo ni quiero, por tanto, privar de esos alicientes a ningún potencial nuevo lector de “El país del miedo”. Pero, por encima de todo, el autor de "El país del miedo" nos admira y entretiene con su conocimiento de la conciencia y las emociones humanas, nos traslada desde experiencias concretas y contemporáneas a lo universal e intemporal por el conducto del miedo.

Isaac Rosa ha logrado un punto medio exacto, virtuoso me atrevería a decir sin exageración, en el que acción y personajes resultan a la vez tan concretos e individuales como genéricos o intercambiables por cualesquiera otros. Asimismo, hay un equilibrio admirable entre narración y reflexión. Ambas se entretejen de forma que rara vez pueden discernirse y que, lejos de anularse en un juego de fuerzas contrarias, se potencian entre sí y realzan el vigor e interés de la novela. Tal vez haya momentos en que la novela se haga un poco asfixiante, pesada en el despliegue progresivo de los inagotables miedos. Hay fases en que todo lector deseará, probablemente, aire fresco, un cambio de tema; pero ese es otro logro de la narración. Es así como quien la lee experimenta en carne propia y mediante el solo hecho de la lectura la presencia expansiva del miedo. Un miedo que se une a los miedos que todos hemos experimentado a lo largo de nuestras vidas. O imaginado, pues esa es la vestimenta que más se pone el miedo, un elemento que como el aire o el agua tiende a filtrarse por el más ínfimo resquicio y a ocupar, alojarse puede que “ad æternum”, en el interior de los cuerpos sólidos en los que logra penetrar. El lector se plantea el  difícil deslinde entre el efecto útil del miedo (la prevención y evitación de los peligros y amenazas) y el nocivo, esas múltiples ocasiones en que paraliza la acción y es fuente de constantes sufrimientos. No resulta muy difícil imaginarse, poco a poco, siguiendo la conducta de Carlos, protagonista de la narración y padre de una “víctima” —tal vez del miedo más que de nadie o nada—, una de tantas. Sin oponerle resistencia cualquier fuerza puede empujarnos, cada día un poco más hasta acabar arrinconándonos, del mismo modo que un lento pero constante goteo acaba por horadar la piedra. Complicado saber, por más que creamos que en el conjunto no habríamos obrado igual que el protagonista, en qué momento hubiésemos frenado la espiral, ya que el camino va transformando a quien lo recorre. Nuestros actos conforman nuestro carácter y la inacción, en consecuencia, la ausencia del mismo (1).

Isaac Rosa Camacho recibiendo en 2009 el Premio de Novela
Fundación José Manuel Lara Fernández por "El país del miedo"

Una de las facetas en las que resulta particularmente abstracta la novela es en lo laboral. Se menciona infinidad de veces que los personajes van o vuelven de trabajar, que piden algún permiso, que modifican sus horarios e incluso que se llevan, de modo ocasional, trabajo a casa. Pero ese otro mundo, el del trabajo, es aquí un ente abstracto, indefinido, un lugar y un tiempo que quedan por completo fuera de esta novela, salvo en unos pocos casos, sobre todo, sobre todo en uno de los personajes y hacia el final. Tal vez por ello resulte una introducción perfecta a “La mano invisible”, para que la otra cara de la tierra salga de la sombra nocturna y la luz del sol nos revele su compleja topografía.

“El país del miedo” es, en suma, una novela original, virtud que, al menos a este lector, al que le cuesta horrores lidiar con “el más de lo mismo”, le parece una de las mayores que puede tener a estas alturas – de la historia de la literatura y hasta de su vida lectora- una obra literaria. Es en conjunto una lectura muy satisfactoria. Es ahora, al escribir esta reseña, cuando he sabido que la novela fue elegida Premio de Novela Fundación Jose Manuel Lara en 2009, un premio que doce grandes editoriales conceden a la que consideran la mejor novela en castellano publicada durante el año anterior. Una obra que hace pensar nos encontramos, posiblemente, ante uno de los mejores novelistas españoles de hoy día, en especial si consideramos que su autor estaba en el inicio de la treintena cuando la escribió. Un autor probablemente llamado, por tanto, a ser un nombre principal en nuestras letras en los próximos años.

A diferencia de a un avión o un concierto, a los libros y los escritores nunca se llega tarde. Uno tiene siempre abierta, 24/7, la puerta para entrar y ponerse al día en el resto de la obra de su personal descubrimiento. Esa es, tras lo leído, mi intención. Veremos si esta vez es de esas pocas en que sí hago lo que espero hacer…


(1) Esta idea me ha recordado una conocida cita de Mahatma Gandhi: "Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras. Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos. Cuida tus actos, porque convertirán en tus hábitos. Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino."

sábado, 29 de julio de 2017

"La España vacía. Viaje por un país que nunca fue" (Sergio Del Molino)


Reseña del ensayo del periodista y escritor, o viceversa, Sergio del Molino (Madrid, 1979), publicado en abril de 2016 por la editorial Turner Noema. Una obra que ha obtenido un gran éxito de público (van tres ediciones y nueve reimpresiones hasta marzo de 2017) y ha sido muy alabada por la crítica (Andrés Barba, El Cultural) e incluso por alguno de los más reconocidos escritores españoles contemporáneos (Muñoz Molina, Babelia).

  • El camino hacia el libro
Hace ya unos cuantos años di por casualidad con un blog, entretenido y bien escrito, que publicaba un chico joven, ya por entonces algo más que yo 😊, que vivía en Zaragoza, cosa más bien rara entre quienes logran notoriedad profesional. Para los que pudieran no saberlo, la capital de Aragón es, sin duda, una ciudad de considerables dimensiones —su población se acerca a los 700 mil habitantes. Pero parece exigirles a quienes quieren “hacer carrera de verdad”, tal vez de forma más imperiosa que otras de su rango de tamaño, que elijan entre irse a vivir a Madrid o Barcelona. Igual tiene algo que ver que Zaragoza se encuentre en el camino que une ambas ciudades y casi a la mitad. 

Aquel "chico" —se trataba obviamente de Sergio del Molino, que parecía tener bastantes más lectores de lo habitual en un blog personal de quien no era propiamente famoso, escribía también en el periódico “el Heraldo de Aragón”, hacía algún pinito, creo, en la televisión aragonesa y me parece recordar que por entonces empezaba a escribir libros, principalmente ficción. Había, o empezó más o menos por entonces, también una historia personal triste detrás, la de un hijo pequeño gravemente enfermo, al que llevaron para un tratamiento médico a Barcelona. Luego le perdí la pista a Sergio del Molino, pero aparecía aquí y allá en la prensa, principalmente por reseñas y alguna entrevista a raíz de los libros que iba publicando. Al fin compré uno de ellos, y aquí me tienen, recién llegado para contarles lo que me he parecido.

Sergio del Molino
(fotografía de autor y fuente desconocidos)
  • ¿De qué trata la España vacía? 
A pesar de que he terminado muy recientemente su lectura, aunque medió una parada de un par de semanas, no tengo nada clara la respuesta a esta cuestión. Es probable que parte de la culpa sea mía y de la citada pausa, ya que se queda uno bastante mejor con lo leído del tirón. Pero otra parte creo que, para bien o para mal, es atribuible a la propia obra.

Recurro a la consulta de los títulos de los capítulos, pero, dada su originalidad, resulta inútil como ayuda. Estos van desde “la historia del tenedor” a “una patria imaginaria”, pasando por “la ciencia del aburrimiento” o “la belleza de Maritornes”. En cómo ha nombrado Del Molino a cada una de las tres partes en que ha dividido “la España vacía” sí se encuentra una mejor guía, un refresco para la memoria: “el Gran Trauma”, “Los mitos de la España vacía” y “El orgullo”. 

El ensayo parte de una realidad muy singular de España y a la que se ha prestado escasísima atención: España es un país muy despoblado por comparación con los de su entorno y aún más allá, en el que se pueden recorrer largas distancias sin pasar por ninguna población, pasar mucho tiempo del viaje sin ver siquiera un pueblo en lontananza. Vastas porciones del territorio están despobladas y al poco de abandonar las grandes ciudades se encuentra el viajero, de forma abrupta, ante el paisaje deshabitado. 

El gran trauma, título de la primera parte, hace referencia al ingente movimiento migratorio del campo a la ciudad que se produjo en España entre 1955 y 1975, aproximadamente, si bien se inició bastante antes y ha continuado después, pero de forma más lenta o paulatina. El gran éxodo, el abandono precipitado de miles de pueblos —muy principalmente de los situados en lo que el ensayo llama la España interior y vacía (Castilla y León, Extremadura, Castilla-La Mancha, La Rioja, Aragón, así como las regiones asimilables del interior de Andalucía, Murcia y Levante)— que llevó a millones de personas desde los pueblos en que habían vivido generaciones y generaciones de los suyos a establecerse en la periferia de las grandes ciudades, como Barcelona, Madrid o Bilbao. Una buena parte de España se despobló de forma acelerada y los extrarradios de las grandes ciudades españolas se llenaron, casi de un día para el otro, de barriadas donde la gente se hacinaba en bloques de viviendas construidas a la carrera. Gente que se encontraba, de improviso, ante un trabajo, un entorno y, en suma, una forma de vida completamente nuevas: la ciudad, la gran urbe.

“Los mitos de la España vacía” —la segunda parte— viene a ser la refutación de la inmensa mayor parte de lo que se ha escrito, cantado o dicho de la España vacía a lo largo de varios siglos. En ella se aborda, entre otros temas o aspectos: el crimen de Fago, “la cuestión de las Hurdes”, las misiones pedagógicas y  la figura de Fernando Giner de los Ríos, la estancia del poeta Gustavo Adolfo Bécquer a los pies del Moncayo, el paisaje de la Mancha que ve y narra Cervantes en "El Quijote", la literatura de los viajeros europeos, principalmente, que han visitado España (Antonio Ponz, Théophile Gautier), las visiones esencialistas de Castilla de los andariegos Azorín y Unamuno, la mirada de Machado al mismo paisaje, el mítico presentador de los 40 Principales, el navarro Joaquín Luqui -sí, no desvarío-, el carlismo y su larga influencia; o los falsos tipismos que se ofrecen al turista, incluido el español o principalmente a éste, que busca en muchos pueblos del interior un pasado idílico, entre lo colectivo y lo personal, un pasado que, por supuesto, nunca existió. De ahí, el segundo título del ensayo: “Viaje por un país que nunca fue”.

El Orgullo”, la tercera parte, viene a ser un alegato generacional alusivo a la hasta cierto punto reciente actitud con que se ha pasado a sentir el pasado rural cercano de padres o abuelos, al que siguió la residencia masiva en las periferias de las grandes ciudades, sobre todo Madrid y Barcelona, con abundantes referencias musicales y literarias a todo ello. Simplificando mucho, el tránsito de un cierto complejo o sentimiento de inferioridad frente al urbanita de varias generaciones y habitante del centro de las ciudades, al orgullo por un pasado de pueblo y residencia en los municipios del cinturón o periferia de la gran ciudad, todo ello mezclado con la cuestión de las clases sociales y la evolución en el trato entre las mismas.

Ante la dificultad de entrar en la interpretación que realiza Del Molino de la infinidad de hechos históricos y demográficos, de personas y personajes, principalmente literatos junto con algunos músicos, y de tantas otras cuestiones como aborda el libro, me serviré del siguiente esquema binario. Seguro que hace las delicias de los amantes de las presentaciones en PowerPoint, lo que no parece ser el caso de Sergio del Molino, ni tampoco es el mío.

(Fuente: Webquest Creator 2)

·       Qué me ha gustado de "la España vacía"

Aborda algunas cuestiones huérfanas de atención editorial desde hace décadas, fuera de la literatura científica y la ficción. Me refiero a la España interior, área semi-deshabitada con enormes espacios en los que no hay núcleo de población alguno, y a la emigración masiva del campo a la ciudad. Un movimiento que en poco más de dos décadas (aproximadamente, 1950-1975) transformó sustancialmente España. Varios millones de personas abandonaron miles de pueblos, dejaron de vivir del campo y se encontraron viviendo una recién estrenada vida urbana (o algo parecido, pues la vida de los "pueblos-extrarradio", algún tiempo llamados "ciudades dormitorio" presentaba sustanciales diferencias con la de la ciudad misma, en especial, la de su centro). Si nos remontamos apenas dos generaciones, el éxodo afecta a la historia familiar y a la identidad de una parte grandísima de la actual población española.

La escritura ágil, vigorosa y bastante elegante de Sergio del Molino, capaz de mantener la atención del lector, quien lo sigue, sometido a cierto encantamiento de la prosa, con frecuencia hacia no se sabe dónde. En cuanto a tono y estilo ha logrado un difícil equilibrio entre un lenguaje llano y directo, y el ocasionalmente más culto y elevado.

Las lecturas numerosas y el esfuerzo de documentación, incluidas numerosas referencias al cine, que hay detrás del ensayo, mezclado con las experiencias personales y familiares directas del propio autor, quien ha vivido y se ha pateado, por deber y placer parte de la geografía de la España interior, .

Sobre la marcha se aprenden, o se refrescan, bastantes datos o conocimientos, algunos de los cuales se quedaron, o los dejamos, en las aulas escolares, y otros nuevos (como las engañosas convenciones de la cartografía).

Sus páginas desprenden una mirada amorosa y mucho sentimiento por las realidades de las que se ocupa y, en especial, por la España semivacía y olvidada, así como por el mundo rural, el campo y sus gentes, tan maltratados por la política y objeto de burlas por muchos urbanitas. Puede que incluso sean los mismos que a la vez idealizan todo lo rural, un paraíso ideal al que hacen viajar a su discreción en el tiempo, un mundo que sólo existe en sus cabezas: sencillamente, un mito.

La visión mesurada del contraste entre el campo y la ciudad, ambas formas de vida con sus pros y sus contras, y también la realidad incontestable de las cifras de una y otra, así como el reducido impacto del fenómeno de los neorrurales.

·       Qué no me ha gustado del libro

La sensación final, como un retrogusto lector, de amalgama o popurrí de temas, algunos de ellos bajo sospecha de arbitrariedad o capricho, a la vez que la cuestión principal era parcialmente abandonada en el camino.

El exceso de referencias musicales, o asimilables, a las que el autor otorga mucha fiabilidad como explicación de la realidad. En particular, el caso de Joaquín Luqui y su insistente asociación, sin justificación alguna con el carlismo, e incluso contraste o comparación con Francisco Tadeo Calomarde, un rústico ministro de Felipe VII.

El extenso tratamiento del carlismo, movimiento e ideología política que presenta un peso probablemente desmedido en la obra, al menos, en proporción a otros movimientos y períodos históricos sobre los que se pasa de puntillas, o directamente no son tratados.

La convicción que va trasluciendo el ensayo, hasta hacerse cristalina hacia el final, en los errores en la mirada e interpretaciones de cuantos le precedieron  en la observación o interpretación de la España vacía —algunas desenfocadas, otras puros desvaríos, y alguna que otra, mentiras o afirmaciones mal intencionadas— frente al conocimiento, bondad y equilibrio logrado por la generación del autor al reflexionar, y hasta sentir, sobre la España vacía y el contraste entre el pueblo y la ciudad.

Del Molino da muestras de tener una enorme fe en el determinismo generacional, y no es menor su creencia en su propia capacidad para conocer y expresar lo que piensa y siente toda su generación (el autor nació en 1979).


·       ¿Conclusión?

¿Es obligado presentar una o varias, o puedo hacer, como el propio ensayo que aquí reseño, quedarme en descripción y opinión, junto con algunas que otras conjeturas interpretativas y el resto que lo haga el lector, si le apetece?

A mi juicio esta segunda opción es totalmente lícita y no es por escurrir el bulto, que conste. La reducida nómina de tesis y la ausencia de conclusiones creo que constituyen un presupuesto o condición previa ineludible para que este ensayo, o lo que fuere, no incurra en dogmatismos y en la emisión constante de opiniones, como tantas veces ocurre. El carácter principalmente enunciativo de “La España vacía” es lo que permite al autor presentar muchos hechos de forma neutral, sin claros sesgos y sin esconder aquellas partes de la foto que no sustentan sus opiniones o juicios, no demasiado numerosos. Para bien o para mal, el autor no es un demógrafo, ni un geógrafo, ni un historiador, ni tampoco un sociólogo, sino un periodista y escritor, y como tal ejerce en este libro. En consecuencia, este ensayo tiene mucho de crónica y menos de tesis o conclusión razonada y justificada, aunque algunas haya a lo largo del recorrido que ha trazado su autor.

En el afán clasificatorio que a menudo nos domina tal vez se abuse de la etiqueta ensayo, y se le cuelgue a toda obra que, no siendo ficción, contenga un número importante de referencias históricas, algunas cifras, numerosos nombres de autores y obras, algo así como lo que Karlos Arguiñano llama “el fundamento” de un plato o guiso. Esto sí es una tesis, o hipótesis al menos, y me ha sacado un poco de la cuestión, lo admito. ¿Pero eso es bueno o malo, es un defecto o una virtud para quien lee esta reseña? Supongo que dependerá de cada cual. 

Pues bien, otro tanto pasa con el ensayo o crónica “La España vacía. Viaje por un país que nunca fue” del madrileño-valenciano-zaragozano, siguiendo su cronología vital, Sergio del Molino. Lo que casi, casi podría asegurar es que, si al potencial lector le gusta de verdad leer, tiene cierta afición por la cultura y la historia, y en particular por saber más de España, el libro no le aburrirá.

viernes, 21 de abril de 2017

La vocación política

©Vergara

"Papá, quiero hacerme político"


—Papá, este septiembre espero acabar ya la carrera y he pensado que me gustaría ser político.

—¿Sí? ¿Eso es lo que quieres hacer?¿Ya se pasó lo de montar un bar de copas y una escuela de kitesurf en Tarifa con tus amigos?

—Eso era una mierda. Mucho trabajo y poca pasta. Y si contratas curritos, te van a robar, fijo. Es imposible llevar un control. Me acabé dando cuenta, ¿sabes? Ahora lo que me gustaría es meterme en política, dedicarme a eso. No por el poder, por tener un cargo o ser conocido, ni tampoco por las oportunidades de enriquecerse y de pasarme luego al mundo de la empresa, como tú.  Lo que me tira, lo que de verdad quiero es participar en los asuntos generales, actuar por el bien común, servir a los ciudadanos y a mi país, contribuir a un futuro mejor, sobre todo para jóvenes, como yo. Y, además, tú conoces a bastante gente.

—¡Coño, hijo, pareces otro! Te lo has preparado, ¿eh? Porque no te había oído hablar así de bien en tu vida. Y, además, veo que tienes potencial porque ni a tu padre le dices la verdad de lo que piensas y quieres.

—¿Qué pasa, es que no convenzo?

—No, tranquilo, no es eso. Es que conozco muy bien cómo va el tema y te conozco a ti, claro. Tienes, eso sí, que introducir algún elemento agresivo en tu discurso, ir también contra alguien, lo que no soportas y nos hundiría a todos si tomamos o seguimos ese camino. Elige enemigo, a los que menos tragues, y probamos a meterte en las filas de los de enfrente, o sea, que te colocaré entre los enemigos de tus enemigos. Y si no funciona bien, pues hacemos al revés. ¿Entiendes?

   Sí creo que he pillado la idea. Los enemigos de mis amigos son mis enemigos

   Sí, en esencia, viene a ser eso. No te preocupes, que ya lo iremos viendo sobre la marcha. Dime, ¿has publicado algo o hablado de política en redes sociales?

—No, qué va, de eso nunca. Todos mis colegas y yo pasamos de política. Bueno, yo ahora ya no.

—¿Y tienes algunas creencias políticas, preferencias o algo así? ¿Derecha, izquierda? ¿Liberal-conservador, reformador-progresista?

—No sé, eso me lo tendría que mirar un poco, ¿vale? Me suena todo, eh, sobre todo lo de gente de derechas y de izquierdas, pero algunas otras cosas que has dicho no las tengo muy claras. Y me da que al final me iba a dar igual, que no sabría bien qué elegir.

—Mejor, eso me lo pone más fácil. Tanteo en los dos lados y dónde más nos ofrezcan, allí que te meto.

—¡Genial, papá! ¿Y si no apruebo Derecho en septiembre?

—Mejor aprueba, pero tampoco te agobies mucho con eso. La licenciatura con 27 años me lo pone un poco más fácil, pero no es fundamental que tengas la carrera terminada. No serías el primero, ni el último. Les venderé tu enseñanza bilingüe. Lo de los idiomas lo llevan bastante mal y eso podría ayudar, les irá bien tener y lucir alguno que sí hable inglés con fluidez y pueda manejarse en francés. Es algo muy objetivo y la calle ya se los toma a coña a cuenta de los idiomas.

—Bueno, digamos que me defiendo en inglés, ¿vale?. En francés… ¡Uf! No creo que pueda mantener una conversación con normalidad. Lo paso fatal hablando con los surfistas franchutes. Se descojonan de mí.

—Vamos a ver. Pero tú qué eres, hijo, ¿tu propio enemigo? Tú hablas un inglés casi tan bueno como el del Príncipe de Gales y tienes, además, un nivel avanzado de francés. Y si tus estudios universitarios se están alargando, muy ligeramente por encima de la media, es por tu intensa dedicación a los deportes de competición y al voluntariado social e internacional. ¿Entendido?

—Sí, sí. Esto lo he pillado perfectamente a la primera, ¿vale? Y tú, papá, sabiendo tanto de política y los mazo contactos que tienes, ¿por qué no te has dedicado a eso?

—Yo prefiero los negocios. Vivir en el anonimato, tratar con unos y con otros, buscar acuerdos, sinergias, ganar voluntades políticas, establecer fórmulas de colaboración, lograr beneficios comunes, favorecer situaciones en las que todos salgamos ganando. A mi manera, como ves, también me ocupo del bien común. Del nuestro, el de la familia, y del de los políticos, sus familias y sus partidos, también.

—¡No sabía que fuera tan guay! Mamá dice que tu trabajo es un coñazo y que lo único que haces es chanchullear, pero así como lo cuentas, me mola. Pero prefiero probar antes en política, me tira más, ¿sabes? Para empezar por lo menos, luego ya se irá viendo. ¿Te mando mi currículum al mail de la empresa?

—¡¿El currículum?! Déjate de ceuves. Esto no va así, alma de cántaro. Se hacen unas llamadas que conducen a otras, se hace alguna visita, se invita a alguna comida, se espera respuesta, se recuerda si es preciso, eligiendo bien el momento. El CV ya se lo darás cuando toque. No te preocupes. Eso es un puro trámite. Ve prestando atención a todos estos detalles, ¡eh!

—Sí, papá, lo que tú digas.


©Vergara

martes, 21 de marzo de 2017

Ayer fui al cine o de cómo Internet (y su parentela) nos ha simplificado la vida

(Foto tomada de cupon.com)

Una de las grandes líneas divisorias de la humanidad es la que sitúa, a uno y otro lado, los escépticos y los crédulos de “los adelantos” -palabra que hoy se traduce como nuevas tecnologías-. Los muy creyentes abominarán de esa formulación, tan antañona. Pero lo cierto es que le cuadra a la perfección, por evitar lo de pintiparado, puesto que le va como anillo al dedo, incluso le sienta como un guante, ya que vuelve el frío. Pintiparado, pobre adjetivo maldito, condenado a un uso residual y de finalidad cómica. La vida puede resultar muy dura. También entre las palabras hay destinos crueles.

Ayer fui al cine. Era lunes, pero fue festivo allí donde moro, vivo, habito o resido, elijan ustedes. “Pues vale” se dirán con toda la razón, así como qué tiene esto que ver con el primer párrafo. Enseguida me pongo a ello, no se impacienten.

Con la tablet mal asentada sobre la cama y tras cambiar de red wifi —la conexión iba lenta y no sé qué demonios pasa últimamente con la selección automática de red— elegimos película. El plural es porque éramos dos, marido y mujer para más señas, los queríamos ir al cine. Hubo que leer algunas sinopsis, ver cinco o seis “trailers”[1] y lograr el no siempre fácil consenso. Esa ni de coña, ni muerta me meto yo ahora una película china entre pecho y espalda. Pues esa otra que dices tú tiene una pinta de bodrio… Esta vez fue relativamente fácil. No hubo heridos, ni menos aún bajas. Igual porque comimos mucho y el aturdimiento digestivo contribuye al acuerdo o el aquietamiento, atenúa exigencias y combatividades.

En consecuencia, me puse con la compra anticipada de las entradas. Para evitar problemas y elegir localidades de nuestro gusto. En eso solemos compartir criterio, quizás sea la fuerza de la costumbre.  En lunes final de puente y siendo una película danesa en VOS no parecía hubiese mucho riesgo de darnos de burces con el “Entradas Agotadas”, pero ya que estábamos, mejor rematar la faena.

¡Qué pereza! Tuve que levantarme del catre a por las tarjetas: la de socio de los cines que está con el lote de las poco habituales (¡eureka, esta vez estaba en su sitio!) y las de crédito y débito, por si acaso. Fui precavido y me llevé la cartera. De paso y por indicación de su madre, les mostré a nuestros hijos el tráiler. Ya que te levantas, prueba, por si acaso quisieran venir con nosotros al cine…. ¿Tú crees? Por probar no se pierde nada. Sobre todo nada pierde el que se queda en la cama, pensé, pero me lo callé. A veces, es mejor no provocar.

El niño —aún le cuadra sin forzar demasiado el concepto— me hizo ponérselo en silencio junto a la pantalla en que jugaba online al FIFA no sé cuántos con la PlayStation 4 (creo). Con un movimiento de cabeza, algo despectivo y del todo inequívoco, rechazó acompañarnos. Tablet en mano, fui al otro dormitorio, donde me tumbé junto a la niña, o la que hasta hace no tanto lo era. Estaba viendo en su móvil, el doble de caro que el mío y siete veces el de su madre, una serie en Netflix. Igual es por tanta conexión que iba lenta la red, ¿no? Y eso que hay tres surcando la casa o partes de ella. Un lío, sin epíteto, que por escrito es de mal tono. Paró la reproducción de la serie, la reinició unos segundos al ver que el tráiler no cargaba de inmediato, la volvió a parar y al minuto de tráiler: papá, da igual lo que me enseñes, no me apetece nada ir al cine. Vale. Me fui de su habitación, tablet en mano y rabo entre las piernas.

Es bonita esta edad en que los hijos van descubriendo el mundo adulto y, por encima de todo, cada uno de los defectos, limitaciones, carencias, desvaríos, necedades, errores contumaces, incapacidad para enterarse y entender, los múltiples aspectos ridículos y el ser molesto, en suma, de esos proveedores cautivos que responden al nombre de padres, torpes como nadie en el uso del Smartphone. Una especie de atávicos paletos sin remedio que jamás están al día sobre lo que es tendencia, ni miden el mundo por el número de likes y reproducciones de una fotografía o un vídeo. De algunos vídeos hasta se enteran por las noticias los muy burros. Y encima hablan raro, con un vocabulario que es a la vez inútilmente extenso y desprovisto de  la gracia de los neologismos. Los pobres ignoran expresiones de lo más básico. ¡¿En serio que no lo habías oído nunca?! ¡Pero si lo dice todo el mundo!

(Foto: Thinkstock.com)

De vuelta en la cama me puse con la compra de dos entradas, solo dos, como ambos sabíamos que sería. Mi mujer desparramaba su sopor, puede que en un lento avance hacia el sueño, abortado por mis gestiones, las cuales iba narrando y consultando, según los casos. La web de los cines, gracias a nuestra renacida afición por el séptimo arte en sala y en VOS, se ha vuelto más dócil. Ahora que la domino, que he penetrado en su lógica interna, me parece injusto haber jurado en arameo contra ella en visitas pasadas.

Redirigido a la plataforma (o como se llamen esas cosas) de compra de entradas, elegimos asiento. El acuerdo en eso se produce con facilidad. Los años de costumbre gregaria, supongo. Cliqué en falso un par de veces por el mal apoyo del dispositivo y deficiente ángulo de mi postura, pero las butaquitas acabaron cambiando de color. Le dimos una vuelta a la grave cuestión, las cambiamos, y finalmente regresamos a la primera selección. Lo siguiente, por suerte ya previsto, me pidieron el número de mi tarjeta de socio (consulta física), el DNI con letra (ese lo llevo puesto siempre en la cabeza y no hubo líos de digítos, ni de “sensibilidad” mayúsculas/minúsculas). Y sin contraseñas, ni gaitas. ¡Qué maravilla!

Luego rellené dos campos de códigos promocionales. Igual me ahorré un euro por entrada. La verdad es que no lo sé, pero cuando uno pierde un descuento se siente imbécil. Por todas partes la gente los caza y algunos, según cuenta, son bicocas dignas de sagaces y hábiles exploradores, comparables al descubrimiento de minas de oro o de diamante, logros sólo al alcance de los más avezados. En Por tanto, lograr un descuento es algo que trasciende de lo material, le sube a uno la autoestima y lo predispone para experimentar la felicidad. Los códigos los tenía en el móvil, en las entradas anteriores, y sin caducar, sólo a punto. Pero eso da igual, como pasa con las ocasiones de gol, ligar o que te toque la Primitiva. Son hechos binarios, no admiten medias tintas, sí o no, dentro, o fuera.

Con una aplicación que me descargué justo para esto, cliqué sobre una “i dentro de un círculo” y bajando, ya me lo sé, encontré la casilla de código promocional. ¡Ojo, no confundir con el localizador! Desplegar esos códigos no es tarea fácil, salvo que estés ocioso y te dé por pulsar la discreta y hasta escondida “i”. Cabe también que en un mal movimiento abras esa pestaña y, ya puestos, todo curiosón desciendas por el papiro de información. El truco, ahora llamado tip, como la pareja de Coll, me lo dio semanas atrás una taquillera-acomodadora-controladora de accesos. Hoy día todo es “multi-tasking”. Era esbelta, joven y atractiva. O a mí me lo resultó, a pesar del poco favorecedor (medio) uniforme. Lo justo para la identificación. Hay que reducir costes. El pantalón que se lo paguen ellos y así os vestís a vuestro gusto, cómodos, aunque recomendamos el color azul o negro. En la oscuridad de la sala donde los títulos de crédito descendían por la pantalla, con su rostro retroiluminado, con nuestros cuerpos y caras casi pegados para compartir la pantalla, sentí algo. Algo así como un dulce adormilamiento, de niño que admira a su maestra y, lo sepa o no, se enamora de ella o de la mujer, en general. Quién sabe, pero hubiera estirado ese tiempo. Me habría tragado un tutorial de media hora sobre mi móvil o lo que fuera.

Freno en seco las ensoñaciones; vuelta a la realidad, a la compra de las entradas. Llegó el momento del pago. En mala hora se me ocurrió preguntar. La seguridad über alles. Tuve que recargar la tarjeta de prepago conectándome con la web de mi banco y usando un código que me enviaron al móvil, después de haber consultado el saldo. Llegar a ese dato también tiene su intríngulis[2], pero gracias a dios en mi banco llevan ya tiempo sin cambiar las cosas de sitio. Un beneficio de la crisis, puede. Temo la recuperación… Aunque avisan de que la recarga puede tardar hasta dos horas (la táctica defensiva, ya se sabe) el saldo estuvo disponible ipso facto. Nueva comprobación refrescando la barra de navegación.

Finalmente, se abrió un abanico de posibilidades en el “esmarfone”. Imprimir las entradas, descargarlas en formato pass o ptk, u otra gaita similar. Las abro con una app que se llama Wallet, creo, y que me bajé justo para esto. Va bien, aunque alguna vez me la ha jugado en la cola de la sala, con el personal haciendo ver su impaciencia. Échese a un lado, por favor, te dice condescendiente con tu torpeza el miembro del staff. Debes descargarte antes las entradas virtuales para que las lea tu app y el lector infrarrojo. Ya lo he pillado. La tercera opción era imprimir las entradas con el localizador en el propio cine. Le hice una foto, prevenido que es uno… Imprimir sus entradas en los kioskos situados el hall de entrada o algo así decía el correo electrónico recibido.

Tanta gracia me hizo lo de los quioscos, puesto que son unas pequeñas máquinas situadas junto a las taquillas, como me parecía recordar, que al llegar allí me dio por imprimirlas. Recordé que el localizador era de seis caracteres al alfanuméricos, como los de los vuelos y desprecié otros dos o tres que aparecían en la entrada en la pantalla, que ya llevaba abierta, por si acaso. Ni siquiera tuve que buscar en la galería la precavida foto del localizador. Pensé en mandársela por WhatsApp, como adjunto, a mi  mujer, pero temí que el cling le hiciera abalanzarse sobre su móvil, perturbando su descanso. Me gusta el papel, qué le voy a hacer. Parece que compro más y luego aparecen en los bolsillos de abrigos o cazadoras, en ocasiones mucho después, con el título de la película, fecha, sesión y demás. Reconforta seguirse uno mismo el rastro, tratar de hacer memoria de aquella película y día. De paso, con las entradas en papel, impresas en un santiamén o pispas en “el Kiosko”, dispongo de un duplicado de los nuevos códigos promocionales.

Con práctica, sin pasos en falso, teniendo a mano Tablet, móvil y las dos tarjetas, en unos diez minutos, tal vez fueron quince entre una cosa y otra, uno se hace con sus entradas. La diminuta sala donde se proyectaba “Land of Mine. Bajo la arena” estaba a media ocupación. Tal vez gracias a las nuevas tecnologías logramos mejores entradas y evitamos una siesta que podría haber frustrado el ir al cine, por problema de horarios o la pereza subsiguiente.



Un gran adelanto poder comprar las entradas de cine por Internet, ¿no? Todo se ha vuelto asombrosamente cómodo y fácil con Internet. ¿Quién se atreve a negarlo? De hecho, es gracias a Internet que yo puedo contar esta batallita y usted leerla, si ha llegado hasta aquí o decide ahora volver arriba. Y ambos, quizás, perder nuestro tiempo en o con la red. Comprendo la lástima de mis hijos por quienes crecimos sin Internet, tablets, ni arcaicos móviles siquiera. Vivíamos medio incomunicados, necesitábamos un artilugio adicional, la cámara de fotos, y aguardar al lento y costoso revelado para lograr una ansiada imagen, buscar una cabina para llamar por teléfono e incluso algunos de entre nosotros encontrábamos placer y entretenimiento en un objeto tan ramplón y lento como es un libro. Un endiablado torrente de palabras que, para colmo, no ofrece otra posibilidad de interacción que nuestro pensamiento. 

¡Albricias, pues! ¡Tenemos Internet para simplificar y expandir nuestras vidas! Esa es otra gran línea divisoria, mayor que la era glacial o la que deslinda la prehistoria de la historia. Al menos ellos están convencidos de que así es, por no decir que lo creen a pies juntillas. Espero que mi hijo valore que más arriba dije cinco o seis, en vez de cerca de media docena. Se la tiene jurada a la unidad de cuenta de los huevos y, a su través, a su padre. Más de una docena de veces, tal vez dos o hasta tres docenas de veces me ha demostrado la criatura que no soporta que diga media docena. Son la generación más preparada y tolerante. Eso tampoco lo discute nadie, que no se lo salta un gitano, vamos.

¿Y qué decir de cuánto ha mejorado la música de los viajes en familia? Ni un minuto de aburrimiento, libres de ese sucedáneo de pasatiempo que era la pacífica y absorta contemplación del paisaje o, peor aún, de tener que conversar. No hace falta recorrerse el dial cada pocos kilómetros para sintonizar emisoras de radio, ni comprar ninguna discutible y cara cassette de gasolinera, ni desparejar los CD (la RAE no resuelve el plural) de sus logradas cajas, prodigio de resistencia. Toda la música de la humanidad, o lo más parecido a ello, al alcance de un dedo. Además, hoy en día sí se discute es por algo útil, con un fin concreto, nada de enredarse en vagas disputas conceptuales, batallas pasadas o cuestiones ajenas. Cada cuál pide, exige, su música en Spotify y el poder sobre el bluetooth. El suplicante conductor depende de la benevolencia ajena para poder oír, al fin, algo de su agrado. El silencio incluso. Benditos sean los adelantos, sobre todo sí se viaja solo, y siempre que no se distraiga uno mucho con la pantalla...






[1] Algún día buscaré la relación entre esos bocaditos de cine y los camiones cargados de flamantes automóviles que amenazan con caer sobre nosotros por carreteras y otros caminos de Dios. Más aún desde que un mejicano me dijera que su cuñado es “trailero”. Ganas me dieron de decirle que el mío se le parece, ya que es trolero profesional, pero me lo callé. Ignoraba de qué humor estaba mi santa y, fuese el que fuera, no me arriesgué a empeorarlo.

[2] ¿No les suena como cunnilingus? Sólo que como si uno estuviera buscando, así en plan inocente y descuidado, como el que no quiere la cosa, otro escondrijo, más recóndito y recoleto. No sé, igual es sólo cosa mía. 

sábado, 31 de diciembre de 2016

Propósitos para el nuevo año. El caso de "X".

Imagen www.gentelatina,com
New Year´s Resolutions. The case of Mr. 'X'. 
English version available at protagonize.com

Nuestro protagonista, a quien llamaré X para no traicionar la confianza que me ha demostrado al contarme cuanto sigue, había intentado de todo al cabo de los años. Una lista tan amplia que, casi sin querer, alguno de los propósitos debía cumplirse. Centrarse en un solo objetivo, ambicioso, pero que lo estimulara de veras. Definir con máximo detalle un plan de acción, desmenuzarlo en etapas, secciones y apartados, llevar un registro pormenorizado de las tareas ejecutadas, y de los progresos... En unas plantillas, que imprimía cada semana, iba tachando con placer lo conseguido y marcaba con fluorescentes lo pendiente de conseguir. Usaba tres colores diferentes en función del plazo. Rosa —es una putada, pero no existen los fluorescentes rojos, recuerdo que me dijo— para el corto plazo, azul para el medio y verde para el largo plazo. La carga administrativa lo aplastó y el abandono progresivo de la faceta formal, que devino al menos tan importante como la sustantiva, anticipó y acrecentó en X la sensación de fracaso. Antes de la primavera ya se había rendido.

Al año siguiente X cambió por completo de estrategia. Cogió un par de periódicos viejos que aún había por casa, buscó la sección con el horóscopo e imitó a conciencia su estilo. Fue inútil. A la hora de la verdad se sintió deshojando una margarita cuyo número de hojas resultaba impar (conseguido) o par (no conseguido) en paralelo a las fluctuaciones de su estado de ánimo. A menudo ni siquiera podía recordar, con una concreción digna de molestarse en comprobar los resultados, lo que se había propuesto. Todo eran dudas.

Pasaban los años y “X” continuaba fumando, había semanas, meses enteros incluso, en que no pisaba el gimnasio, como mucho tenía el mismo nivel de inglés, le seguían sobrando unos kilos y faltando músculo, y no lograba sacar tiempo para leer todos los días. Entre otras cosas, pues muchas noches se acostaba tan tarde que ni se cepillaba los dientes, se repetían los torbellinos de las discusiones de pareja a causa de minucias, no era raro que en su cocina oliese a basura añeja y al perro le seguían faltando paseos.

Tras darle infinidad de vueltas, X sintió que había dado con la solución. Tan claro estaba y era tan sencillo que se asombró de no haberlo descubierto antes. Los chinos no sólo se habían hecho los amos del sistema capitalista. Del lejano Oriente provenía, además, una sabiduría muy superior, tal vez ahora destinada de forma principal a la exportación. El secreto de la felicidad radicaba en no desear nada, en un manso aquietarse con los hechos y circunstancias. Lo que quiera que ocurriese, pasaba porque tenía que pasar y debía ser aceptado sin sufrimiento alguno.

Para el año nuevo se propuso no proponerse nada. Esta vez lo lograría. Era muy fácil, aunque no pudo evitar pensar en la aporía: el que se propone no proponerse nada ya se ha propuesto algo. Pero se esforzó en desechar su entorno cultural, tan lastrado por inútiles formalidades, como la lógica o las patentes. En los instantes previos al cambio de año cerró los ojos y, con notable empeño, trató de dejar su mente en blanco. Vacío, puro presente. Ni balance del año a punto de acabar, ni anticipación del que va a comenzar. Lo que fue y lo por venir son ilusiones, trampas de la mente. Sólo el presente existe. Enseguida se dio cuenta de que había sido el mayor de sus fracasos. Apenas había comenzado el nuevo año y X ya había incumplido su propósito.

domingo, 2 de octubre de 2016

Sudar de alguien o los ciclos


Imagen tomada de www.mujerpresente.com

Otoño y jerga juvenil (sudar de alguien).  La confluencia – con permiso de Mr Iglesias, alias Sor Passo‑ de forzosa inactividad laboral y mi inclinación personal por eso que los italianos llaman con su lengua musical il dolce far niente me tienen apegado a la observación de mi entorno más inmediato: el mundo que se abarca desde el balcón de mi casa.

Entregado a tan suave como melancólico deporte, observo cómo el otoño va cambiando la incidencia del sol, el adelantamiento veloz del crepúsculo, las crujientes hojas ocres de los plátanos cayendo sobre una pradera inclinada, las oleadas del viento que las cambia de sitio y la ingente tarea del jardinero, de tez muy curtida, por su raza, andina, y por su oficio, recogiéndolas día tras día. No se ha ido aún a otra labor cuando los guasones plátanos ya le han jugado la pasada de soltar unas cuantas hojas más, que motean el verde de la pradera en talud que bordea el recinto de la piscina. La piscina en la que el agua va adquiriendo una tonalidad más y más verdosa, afeada por una hilera de aparatosos bidones rojos, yacentes como náufragos de vientres hinchados por el agua que los ahogó. Unos bidones dispuestos, supongo, para que la congelación del agua, en lo más crudo del invierno, no presione y resquebraje, como un traje estrecho en un cuerpo engordado, el vaso de la piscina. O tal vez lo sé porque me lo contó algún día un vecino o el portero, quien fuera, en todo caso un hombre de esos de sabiduría práctica, capaces de ponerles las cadenas a las ruedas en la oscuridad y en medio de una nevada con una especie de innata facilidad o de escoger la mejor oferta de telefonía, tareas ambas que superan con creces mis muy limitadas capacidades.

Me imagino al hielo ejerciendo una presión expansiva desde dentro del vaso de la piscina, como al increíble Hulk, alias la Masa, cuando se disponía a entrar en acción, tornándose verde de su ira justiciera, su ropa haciéndose jirones ante el empuje incontenible de su musculatura de culturista, unos músculos de quita y pon o de geometría variable. Si los primeros días sin depuración el agua son aún soleados dan ganas de saltar la valla y darse un último baño. A la semana el agua deja de invitar. Hoy, dos semanas después, el agua es de un verde caza, como de estanque, que haría repulsiva una simple caída accidental. Hay rachas de viento que arrancan los delicados pétalos de mi geranio y me pregunto si habrá un nuevo florecimiento o si esas hojas no volverán a brotar hasta la primavera. Las plantas de mi balcón crecen ya más lentamente y hay que regarlas menos. Cada otoño igual, per secula seculorum.

Otro “eterno”, si bien de toda estación del año, es la jerga juvenil, las vueltas que los jóvenes le dan al lenguaje para lograr algunas expresiones propias, formas de hablar que refuerzan su identidad grupal y un apartamiento o diferenciación de niños y mayores. Gustarán más o menos, pero han sido siempre una muestra de creatividad y, a su lado, los modismos de los adultos y, más aún, las jergas o argots profesionales, por poner un par de ejemplos, son rígidos, pretenciosos y grandilocuentes. Me vienen a la mente los horripilantes “recepcionar una mercancía” o “aperturar una cuenta”. Del verbo recibir nació el sustantivo recepción y éste parió la horrible criatura “recepcionar”, cuyo vástago me temo sea al cabo de un tiempo “recepcionamiento”. Prefiero no pensar en la fisonomía de las futuras descendencias, sino en una afortunada vuelta al sencillo, eficaz y hasta eufónico, por comparación, recibir. El mismo camino siguió abrir, del que surgió el sustantivo apertura. Luego debió llegar alguien al que le parecería que elevaba la dignidad de una cuenta corriente o de cualquier tipo de cuenta, depósito o imposición añadiendo una distinguida erre. Aperturar, ¡toma ya!
-        ¿Tiene la documentación pertinente para que procedamos a aperturarle su cuenta de valores, don Matías?
-        Sí, sí, aquí la tengo, y proceda, proceda, Vd., don José Alberto, que tengo bastante prisa.

La última novedad del lenguaje juvenil con que me he topado es sudar de alguien. Paula suda de mí o yo sudo de Nacho. Es todo un fenómeno léxico, una verdadera pirueta. En un principio fue el tan rotundo y malsonante como extendido me suda la polla que, como todo el mundo sabe, es la forma fuerte de los ya rancios me importa un comino, un pimiento o un bledo. La pura insignificancia, la desconsideración total, cuya otra variante extendida es el (algo o alguien) me importa una mierda, la cual convive con la formulación negativa: no me importa (o importas) una mierda, más natural a nuestro idioma. Y es que de por sí, estas expresiones afirmativas para negar se apartan de la pauta general de la lengua castellana y presentan un cierto aire afrancesado.

Volviendo a las sudoraciones, el decoro, las buenas maneras, la buena educación —la hipocresía, dirán otros y tal vez todos estén lo cierto y no sean más que modos de mirar y, por ende, de nombrar un mismo hecho— impusieron una elipsis, el uso del pronombre personal, de forma que se evitara la mención expresa al miembro viril en la variante femenina del pollo. De ahí surgió el a diario escuchado (o pronunciado): me la suda(1). Además, el empleo del  pronombre facilita su uso indistinto por hombres y mujeres, aunque no pocas mujeres carecen de reparo alguno en negarse, por ejemplo, a realizar algo con el espontáneo exabrupto no me sale de los cojones, dejando las ausencias anatómicas aparte. 

Pues bien, los adolescentes han hecho transitivo el verbo antes reflexivo y lo aplican, al menos en el uso que yo he conocido muy recientemente (2), a las personas, en la forma que aparece en el título. Así,   pasar de alguien, esto es, ignorarlo, no estar interesado en su compañía, opiniones, participación, futuro devenir, en su suerte o lo que fuere, se dice ahora sudar de alguien. Y una joven puede quejarse a otra así: ¡jo, tía cómo sudas de mí! O, en un momento de arrebato o arranque de sinceridad, un chaval soltarle a otro: ¿Sabes que te digo, colega? ¡Que sudo de ti!


El tiempo dirá si estas nuevas formas léxicas de transpirar se evaporan y no trascienden del léxico juvenil o si, por el contrario, se quedan adheridas a las ropas e incorporan de forma estable a nuestra lengua, extendiéndose entre los hablantes de más edad. En principio, me inclino a creer que es una creación demasiado rebuscada, algo extraña a los mecanismos usuales de formación de expresiones y que será algo efímera y de difusión limitada; pero éxitos más raros se han visto. Ahí tenemos los triunfales sí o sí o la reciente proliferación de un viejo representante del énfasis tautológico o la cabezonería: no es no.


1. loc. verb. malson. Esp. Serle completamente indiferenteMe la suda cualquierproblema suyo.
(2) Aunque ya en 2010 había quién se preguntaba como traducir esta expresión al inglés, si bien la mayoría decían desconocerla por completo.